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Utopía y Praxis: Registro crítico en el Museo Castagnino sobre la muestra de Kosice.
Florencia Toledo Fabó – Yamil Alejandra Gallouet
Ir a una inauguración no es lo mismo que visitar una muestra un martes cualquiera. Hay ruido, discursos, gente que circula, personas que se saludan, luces, confusión y expectativas. En medio de todo eso recorrimos Gyula Kosice: En tiempo real en el Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino, intentando observar no solo las obras, sino también cómo se habita el museo, qué tan accesible resulta la experiencia y qué tipo de vínculos propone con sus públicos.
Este texto nace de un trabajo práctico, pero también de algo más interesante: registrar aquello que muchas veces pasa desapercibido cuando recorremos una muestra. La desorientación, las mediaciones que faltan, los espacios que sí funcionan, las infancias apropiándose del museo y las preguntas que siguen apareciendo incluso después de salir de la sala.
Más que una reseña cerrada, pensamos este recorrido como una invitación al debate. Porque hablar de museos también implica preguntarnos quiénes pueden habitarlos cómodamente, qué experiencias habilitan y cuáles todavía siguen dejando afuera.
La poética de la penumbra
Desde el comienzo, la muestra propone una manera específica de recorrer el espacio. Todo se encontraba en penumbra, excepto las obras, iluminadas o siendo ellas mismas fuente de luz. La atmósfera generaba una experiencia inmersiva y claramente poética, algo que también dialogaba con la expectativa que muchas veces existe al ingresar a un museo de bellas artes: la predisposición a encontrarse con metáforas, abstracciones y formas de contemplación alejadas de la literalidad.
Las cartelas y textos de sala acompañaban bastante bien esa propuesta. El vocabulario evitaba caer en tecnicismos excesivos y apostaba por una escritura más sensible y accesible. En muchos casos aparecían preguntas, frases poéticas e invitaciones a imaginar, lo que hacía que la lectura resultara amable incluso para quienes no conocían en profundidad la obra de Kosice.
Sin embargo, esa misma oscuridad que fortalecía la experiencia estética también generaba algunas contradicciones. En ciertos momentos leer se volvía incómodo y la motivación por detenerse frente a los textos disminuye simplemente porque costaba ver con claridad.
A esto se sumaba una cuestión más profunda: la accesibilidad parecía quedar relegada. La disposición de los textos y la ausencia de recursos específicos evidenciaban que la muestra no estaba pensada para todos los cuerpos ni para todas las formas posibles de recorrer el museo. Personas usuarias de silla de ruedas o visitantes con discapacidad visual encontraban muy pocas herramientas que facilitaran una experiencia autónoma.
Y ahí aparecía una tensión difícil de ignorar: ¿hasta qué punto una muestra puede pensarse como “poética” si esa experiencia sólo es plenamente accesible para ciertos públicos?
Cuando la mediación no alcanza
Durante el recorrido, las únicas herramientas claras de mediación que encontramos fueron las cartelas y los textos de sala. No identificamos materiales impresos, dispositivos digitales, recursos accesibles ni otras propuestas que ayudaran a contextualizar la muestra o facilitar la interacción.
Eso hacía que el recorrido se sintiera, por momentos, algo tosco y poco intuitivo. Muchas veces no quedaba claro qué estábamos observando ni de qué manera debíamos relacionarnos con ciertas obras.
La situación se volvía todavía más evidente en las piezas interactivas. Generalmente, dentro de un museo existe una idea bastante instalada de que no se puede tocar nada. Sin embargo, recién hacia el final de la visita entendimos que algunas obras sí estaban pensadas para ser intervenidas por el público.
No lo descubrimos a través de señalizaciones ni indicaciones claras, sino observando cómo otras personas interactúan con ellas. Y eso abre una pregunta interesante: ¿Qué tan intuitiva puede considerarse una propuesta participativa si el visitante necesita primero mirar alrededor para confirmar que tiene permitido intervenir?
El recorrido y la sensación de desorientación
La muestra no siempre resultaba sencilla de recorrer de forma autónoma. El ingreso desde el hall central habilitaba múltiples posibilidades de circulación y eso generaba cierta desorientación respecto de cuál era el recorrido esperado.
De hecho, terminamos perdiéndonos algunos elementos introductorios importantes —como el texto curatorial y el título general de la muestra— simplemente porque la circulación durante la inauguración llevaba naturalmente hacia otros sectores.
Esa sensación de no saber del todo si estábamos recorriendo “correctamente” la exposición apareció varias veces durante la experiencia. Y aunque eso también puede interpretarse como una decisión curatorial o una invitación a construir recorridos propios, en algunos momentos terminaba generando más desconcierto que libertad.
El espacio educativo como pausa y encuentro
A diferencia de las salas más oscuras y contemplativas, el área educativa aparecía como un espacio mucho más abierto, iluminado y dinámico. Allí no solo se observaba: también se podía jugar, experimentar y crear.
Durante el inicio de la inauguración, ese sector parecía todavía “en construcción”. Había muebles apilados y materiales dispersos cuya función no resultaba evidente. Pero una vez terminados los discursos de bienvenida, el espacio comenzó a activarse y a cobrar sentido dentro del recorrido.
Las mesas móviles con hojas y materiales para dibujar eran rápidamente apropiadas por las infancias, que parecían reconocer de inmediato que podían utilizarlas libremente. También había paneles interactivos construidos con clavos y haces de luz realizados con mangueras luminosas, donde tanto niños como adultos experimentaron armando figuras y conexiones.
En ese momento el museo cambiaba completamente de ritmo. Mientras las salas de exhibición invitaban al silencio y la contemplación, el espacio educativo habilitaba el movimiento, el juego y la conversación.
Los grupos que más se apropian de este sector eran las infancias acompañadas por madres, padres y abuelos. Muchos adultos observaban desde afuera mientras otros participaban activamente de las propuestas junto a los niños.
Ahí aparecía una de las experiencias más interesantes de toda la muestra: entender el espacio educativo no como un anexo secundario, sino como una verdadera puerta de entrada al museo para muchas familias.
Lo interactivo también necesita ser explicado
Aun así, no todos los dispositivos funcionaban de manera igual de intuitiva. Algunas propuestas requerían observar primero a otras personas para comprender cómo debían utilizarse.
Incluso siendo estudiantes de museología, hubo momentos en los que nos costó conectar con ciertas obras o entender del todo cómo estaban pensadas para ser recorridas. Los textos lograban generar una conexión desde lo literario y lo poético, pero no siempre ayudaban a comprender la materialidad de las piezas ni las ideas detrás de determinados dispositivos.
Las educadoras presentes actuaban principalmente como facilitadoras silenciosas: estaban disponibles para responder preguntas o acompañar cuando era necesario, aunque sin intervenir demasiado en la experiencia de cada visitante.
Tal vez por eso creemos que hubiese sido interesante incorporar propuestas más orientadas a públicos adolescentes y adultos, especialmente dispositivos que permitieran experimentar de forma más directa la relación entre arte, ciencia y tecnología presente en la obra de Kosice.
Pensar espacios donde el visitante pudiera entender cómo funcionaban ciertos mecanismos, conocer materiales similares a los utilizados por el artista o incluso construir pequeños dispositivos inspirados en sus procesos creativos podría haber profundizado muchísimo más el vínculo entre la muestra y sus públicos.
Entre la contemplación y el caos de la inauguración
A pesar de algunos momentos de congestión, la organización general de la inauguración funcionaba de manera bastante fluida. Desde el ingreso al museo hasta el guardado de mochilas, todo se desarrollaba con relativa rapidez considerando la cantidad de personas presentes.
Las distintas salas tenían ritmos muy diferentes. Algunas permitían circular cómodamente, mientras que en otras el público se detenía durante más tiempo. El sector donde se proyectaba el video era probablemente el más difícil de habitar: muchas personas atravesaban constantemente el frente de la pantalla para continuar el recorrido y eso volvía incómoda la experiencia de permanecer allí observando.
Esa convivencia entre contemplación, circulación y caos ocasional terminaba formando parte de la propia experiencia de inauguración.
La muestra dejó más preguntas que respuestas, y quizás ahí también radique parte de su potencia. Salimos del museo hablando no solo de Kosice, sino también de accesibilidad, mediación, circulación, públicos y de las distintas maneras en que una institución cultural puede invitar —o no— a habitar sus espacios.
Tal vez la experiencia más interesante no estuvo únicamente en las obras iluminadas dentro de la penumbra, sino en todo aquello que ocurrió alrededor: las infancias apropiándose del espacio educativo, los visitantes dudando antes de interactuar, las conversaciones improvisadas y esa sensación constante de estar intentando descubrir cuál era la forma “correcta” de recorrer la muestra.
Porque recorrer un museo también es aprender a moverse dentro de las decisiones que el museo toma sobre nosotros.









Más de las autoras:
Yamil Alejandra Gallouet:
Soy Yami Gallouet, estudiante de tercer año de la carrera de Museología y Gestión Patrimonial, y desde hace nueve años formo parte del equipo del Museo Municipal Dr. Raúl Malatesta de Villa Gobernador Gálvez, la ciudad donde nací y me crié.
Para mí, el Malatesta no es solo un depósito de objetos, sino una institución viva que narra y construye activamente la historia local a través de su muestra permanente. Nuestra misión aparte de la conservación del patrimonio, busca reactivar la memoria colectiva de la comunidad, tendiendo puentes entre las distintas generaciones y consolidando al museo como un espacio de encuentro, aprendizaje y preservación de nuestra identidad villagalvense
Florencia Toledo Fabó
¡Hola! Soy Flor. Me apasiona todo lo que tenga que ver con la cultura, la historia y la preservación de nuestra historia local, algo que disfruto un montón como estudiante de Museología.



