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Una mañana gris, dos museos y una sensación de oportunidad
Hay algo que me gusta de viajar sin apuro. A veces los planes no salen como uno imaginó y, justamente por eso, aparecen oportunidades inesperadas. El lunes viajé a Concordia (Entre Rios) para hacer un trámite. Como suele pasar en muchas ciudades del interior, cuando terminé descubrí que el colectivo de regreso salía recién cuatro horas más tarde. Podía resignarme a esperar en una terminal o podía aprovechar ese tiempo. Elegí lo segundo. El día estaba gris, ideal para caminar sin prisa. Así que decidí recorrer algunos museos de la ciudad.
Mi primera parada fue el Museo de Artes Visuales de Concordia. Antes de entrar ya había buscado un poco de información sobre el museo, pero también quería dejarme sorprender. Para quienes quieran conocerlo, pueden encontrar información institucional en el sitio de la Municipalidad de Concordia y seguir sus actividades en su cuenta de Instagram: https://www.instagram.com/museodeartesvisualesconcordia/.
Lo primero que me recibió fue una escalera enorme que conduce a la planta alta. No pude evitar pensar en la accesibilidad: cualquier persona con movilidad reducida encontraría un obstáculo importante incluso antes de comenzar el recorrido. Es una de esas cosas que uno nota enseguida y que condicionan la experiencia desde el primer momento.
Arriba me recibió un chico muy amable (supongo que pertenecía al personal de seguridad) que me explicó brevemente cómo era el recorrido. Después de esa introducción, quedé sola frente a las salas y pude recorrerlas con total libertad.
El museo estaba organizado en tres sectores o “muestras”. Uso las comillas porque me quedó la sensación de que la división respondía más a la técnica utilizada (dibujos, pinturas grabados) que a una propuesta curatorial con un relato claro. Quizás el criterio existía y simplemente no logré encontrarlo, pero como visitante me resultó difícil comprender qué relación establecen las obras entre sí.
Aclaro algo importante: no soy especialista en arte. Mi mirada es la de una estudiante de museología que disfruta visitar museos y preguntarse cómo cuentan historias. Y justamente por eso terminé sintiendo que las obras, aunque interesantes por sí mismas, parecían compartir únicamente el espacio físico.
La iluminación tampoco ayudaba demasiado. En varias piezas de tonos oscuros el reflejo de las luces hacía que, más que la obra, terminará viéndome a mí misma sobre el vidrio. La distribución de algunos paneles también dificulta la circulación: al converger los recorridos y respetar la distancia marcada en el piso para observar las obras, por momentos el espacio se volvía incómodo para caminar o detenerse a mirar.
Aun así, encontré trabajos que realmente me gustaron. No puedo hacer un análisis artístico profundo, pero hubo obras que lograban detenerme y despertar curiosidad. Y eso, al fin y al cabo, es una buena señal.
Lo que más eché de menos fue una narrativa. Creo que ese fue el sentimiento que me acompañó durante toda la visita. Sentí que al museo le faltaba un hilo conductor, una historia que uniera las piezas, que le diera un corazón al recorrido. Las cartelas eran muy pequeñas (más de una vez tuve que acercarme bastante para poder leerlas) y, como sucede en muchos museos, ofrecían únicamente los datos básicos: artista, título, técnica y poco más. Nada sobre el contexto de la obra, las decisiones detrás de su creación o el motivo por el cual estaba dialogando con las demás.
Algo parecido me ocurrió con el texto curatorial de la entrada. Esperaba encontrar allí una clave para interpretar el recorrido, una invitación a mirar desde cierta perspectiva. Sin embargo, terminé la lectura con más dudas que respuestas.
Salí del museo con una sensación un poco contradictoria. Por un lado, no puedo decir que la visita haya sido mala. Al contrario: creo que hay obras valiosas y un espacio con muchísimo potencial. Pero también me fui con la impresión de que todavía hay mucho por desarrollar. No hablo de tener grandes presupuestos ni tecnología de última generación. Hablo de construir un relato. De ayudar al visitante a comprender por qué esas obras están allí, qué conversación mantienen entre ellas y qué quiere decir el museo con esa selección.
Quizás esa sea la mayor fortaleza que todavía está esperando ser explotada. Porque, a veces, un museo no necesita más obras. Necesita contar mejor la historia que ya tiene.






















Después de recorrer el Museo de Artes Visuales, la lluvia seguía acompañando la tarde. Caminé varias cuadras hasta llegar al segundo destino del día: el Palacio Arruabarrena. Les dejo el instagram para que chusmeen https://www.instagram.com/museopalacioarruabarrena
Antes incluso de cruzar la puerta, el edificio ya me había conquistado. En medio de una ciudad que hoy se siente bastante moderna, encontrar semejante casona de principios del siglo XX ocupando una esquina tan imponente produce una sensación difícil de explicar. Uno levanta la vista y, por un instante, parece que el tiempo se hubiera detenido. Es, sin dudas, uno de esos edificios que obligan a frenar y mirar.
Mi segunda impresión, sin embargo, volvió a ser una escalera. Empiezo a pensar que Concordia tiene una relación especial con ellas. Igual debo reconocer mi parte: en ninguno de los dos museos pregunté si existía un acceso alternativo para personas con movilidad reducida. Me quedé con esa primera imagen y quizás fue injusto de mi parte.
Apenas entré me recibió Giuliana, quien me propuso recorrer el museo mediante una visita guiada. Sí, las visitas guiadas siguen existiendo, especialmente en muchos museos del interior del país. Y eso, creo, merece una nota aparte.
Tengo que admitir que disfruté muchísimo hacer el recorrido con ella. Hay algo que solamente puede aportar quien trabaja todos los días en un museo: conoce las historias, los pequeños detalles, las anécdotas, los silencios de cada sala. Sentí que Giuliana estaba profundamente comprometida con su trabajo y que realmente disfrutaba compartir ese patrimonio con quienes llegan a visitarlo.
Quizás por eso me gustan tanto los museos. Porque, aun cuando faltan recursos, casi siempre encuentro personas convencidas de la importancia de cuidar esos lugares. Personas que creen en lo que hacen. Y eso, fuera del ámbito de los museos, no siempre es tan frecuente.
El recorrido comenzó contando la historia de la familia Arruabarrena y de la casa. Hasta ahí todo parecía seguir un hilo bastante claro. Sin embargo, a medida que avanzábamos por las habitaciones, esa narrativa empezó a diluirse.
Como sucede en muchas casas museo, el mobiliario original prácticamente no se conservó. Para ambientar los espacios se recurrió, en gran parte, a objetos donados por vecinos de Concordia. Esa decisión, completamente entendible desde la realidad del museo, terminó generando un recorrido bastante heterogéneo.
La antigua biblioteca de la casa hoy alberga una colección de armas, en parte porque el edificio fue ocupado durante muchos años por el Ejército. En uno de los dormitorios se exhibe el juego de muebles que perteneció al primer intendente de Concordia. Otra habitación está dedicada a vestidos de época. Más adelante aparece una muestra sobre la historia de los mundiales de fútbol. En la planta alta, una colección de cámaras fotográficas antiguas.
Y otra vez apareció la misma sensación que había tenido unas horas antes en el Museo de Artes Visuales. ¿Dónde está la historia que une todo esto?
No creo que toda la narrativa tenga que centrarse exclusivamente en la familia que habitó la casa. Tampoco pienso que un museo deba limitarse a contar una única historia. Las posibilidades son enormes: puede hablar de la ciudad, de la arquitectura, de las transformaciones sociales, de las familias tradicionales, de la vida cotidiana, del patrimonio, de la memoria o incluso de los propios objetos. Lo que me costó encontrar fue justamente ese hilo conductor. La sensación era que cada sala contaba una historia distinta y que ninguna terminaba de dialogar con la anterior. Más que un relato, encontré una sucesión de colecciones.
Mientras recorríamos el museo, Giuliana también me habló de la realidad cotidiana de la institución. Y ahí apareció la parte más dura de la visita. El edificio necesita mantenimiento permanente. Los recursos económicos son escasos. Faltan equipos, capacitación y presupuesto para conservar adecuadamente tanto la casa como las colecciones. Una realidad que, lamentablemente, se repite en muchísimos museos argentinos. Quiero hacer una aclaración importante porque creo que vale la pena decirlo con todas las letras: nada de esto es responsabilidad del personal del museo. Todo lo contrario. La sensación que me llevé fue que hacen muchísimo con muy poco. Trabajan con compromiso, imaginación y esfuerzo para mantener abierto un patrimonio enorme, aun sabiendo que los recursos nunca alcanzan.
Durante la charla también surgieron otros temas que reflejan esa misma realidad. El museo cuenta con una biblioteca pública abierta a la comunidad, pero no tiene bibliotecaria, catálogo ni las herramientas mínimas que uno esperaría encontrar en una biblioteca. En cuanto a los objetos patrimoniales, reciben donaciones de manera constante, aunque no existe una política formal de adquisiciones que permita definir qué incorporar y qué no. Como consecuencia, los depósitos están colmados de objetos que difícilmente puedan investigarse, conservarse o exhibirse.
Paradójicamente, el problema no es la falta de patrimonio. Es, quizás, tener demasiado patrimonio para tan pocos recursos.
Algunas salas albergan exposiciones permanentes; otras, como las dedicadas a los mundiales o a los vestidos de época, son temporales porque siempre hay nuevas piezas esperando salir del depósito. Y ahí apareció una pregunta que me acompañó hasta la salida. ¿Qué museo quiere ser el Palacio Arruabarrena? Porque potencial le sobra. Tiene un edificio extraordinario. Tiene una historia fascinante. Tiene colecciones diversas. Tiene un equipo comprometido. Tiene visitantes interesados. Lo que todavía parece estar buscando es una identidad capaz de darle sentido a todo eso y convertir esa suma de objetos en un relato que permanezca en la memoria de quienes lo recorremos.




















Mucho más que dos museos
Cuando volví a la terminal para esperar el colectivo, me di cuenta de que llevaba toda la mañana pensando en la misma pregunta. No era si los museos me habían gustado o no. Era por qué me había ido de los dos con una sensación tan parecida.
Los museos que visité son muy distintos entre sí. Uno expone arte; el otro habita una casa histórica. Uno propone un recorrido libre; el otro apuesta por la visita guiada. Sin embargo, ambos me dejaron la impresión de estar buscando algo que todavía no terminan de encontrar: una narrativa que dé sentido a todo lo que muestran. Y cuanto más lo pensaba, menos sentía que ese fuera un problema exclusivo de Concordia. Creo que es una realidad que atraviesa a muchos museos del interior argentino.
Durante años, la museología dejó de pensar al museo como un depósito de objetos para entenderlo como un espacio de diálogo. Hoy sabemos que conservar patrimonio es fundamental, pero también sabemos que conservar no alcanza. Los objetos necesitan contexto. Necesitan preguntas. Necesitan historias. Necesitan ayudar al visitante a comprender por qué están ahí y qué tienen para decirnos hoy. Sin ese relato, el riesgo es que el museo termine pareciéndose más a una acumulación de cosas interesantes que a una experiencia capaz de conmover. Pero también sería injusto detener el análisis ahí. Porque detrás de cada una de esas salas encontré algo mucho más valioso: personas profundamente comprometidas con su trabajo.
Encontré trabajadores que reciben visitantes con una sonrisa, que conocen cada rincón del edificio, que hacen visitas guiadas con entusiasmo, que limpian vitrinas, organizan exposiciones, reciben donaciones, responden preguntas y cuidan colecciones enormes con presupuestos mínimos o, muchas veces, inexistentes. En Argentina estamos demasiado acostumbrados a que los museos sobrevivan gracias a la vocación de quienes trabajan en ellos. Y no debería ser así. No deberíamos naturalizar edificios históricos que necesitan mantenimiento urgente. No deberíamos aceptar que una biblioteca pública funcione sin bibliotecaria. No deberíamos celebrar que los equipos “hacen magia” con lo poco que tienen, porque esa magia suele esconder años de precarización, de falta de recursos y de políticas culturales discontinuas. El compromiso de las personas nunca debería reemplazar la responsabilidad del Estado.
Quizás por eso decidí escribir esta crónica. No para señalar errores desde un escritorio ni para decir cómo deberían hacerse las cosas. Todavía soy estudiante de museología y tengo mucho por aprender. Escribo, simplemente, desde el lugar de una visitante que disfruta recorrer museos y que cree profundamente en ellos. Porque sigo convencida de que los museos importan. Importan porque cuentan quiénes fuimos. Porque ayudan a entender quiénes somos. Y porque también pueden invitarnos a imaginar quiénes queremos ser.
Ojalá algún día dejemos de medir el éxito de un museo por la cantidad de objetos que conserva y empecemos a medirlo por las conversaciones que es capaz de generar.
Ese lunes fui a Concordia por un trámite. Terminé volviendo con muchas más preguntas que respuestas. Y, pensándolo bien, quizás esa también sea una de las funciones más hermosas que puede cumplir un museo.
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