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Cuando la esperanza no alcanza
Leí la columna de Marina que decía que el fútbol nos salva por un rato. Que cuando juega Argentina somos chicos otra vez, nos olvidamos de la muerte, del trabajo, del miedo. Y es verdad. El fútbol tiene esa capacidad extraña de hacernos creer que, durante noventa minutos, todo puede salir bien.
Pero a mí ya no me alcanza. No porque no me emocione un gol. No porque no grite un campeonato. Sino porque mientras nosotros miramos la pantalla, hay otra película que sigue avanzando.
Nunca entendí cómo tanta gente pudo enamorarse de un candidato que hizo campaña prometiendo romperlo todo. Lo decía él mismo. La motosierra no era una metáfora escondida. Era el símbolo de su campaña. Nos lo mostró desde el primer día. Y aun así hubo millones que pensaron que destruir era el camino para construir.
Yo no soy economista. No tengo un doctorado ni escribo papers. Pero sí tengo memoria. Nunca vi que vender recursos estratégicos, achicar el Estado sin un plan o entregar infraestructura clave hiciera más rico a un país. Al contrario. La historia está llena de ejemplos que muestran lo difícil que es recuperar lo que una vez se entrega.
Mientras discutimos un penal o un offside, el Gobierno acaba de concesionar por 25 años la Hidrovía Paraná-Paraguay, la principal vía por donde sale buena parte de la riqueza argentina. El oficialismo lo presenta como una modernización; otros lo ven como una privatización de una infraestructura estratégica. Y mientras tanto seguimos peleándonos entre nosotros. Que si los de antes robaban más. Que si los otros hicieron esto. Que si este por lo menos intenta. No. No me interesa jugar ese partido. No necesito que el anterior haya sido bueno para darme cuenta de que esto me parece malo. No hace falta elegir una camiseta política para decir que un país con más gente sin trabajo, con salarios que no alcanzan y con cada vez menos oportunidades no va en la dirección que yo quiero. Lo que más me duele no es el ajuste. Es la indiferencia. Es ver cómo normalizamos que cerrar, vender o recortar sea sinónimo de progreso. Como si no hubiera otra forma de pensar un país.
Y mientras tanto aparece el fútbol.
Veintiséis jugadores representan a la Selección en un Mundial. Algunos de los mejores del planeta. Yo también los admiro. También me emocionan. Pero cuando termina el partido ellos vuelven a una vida que nunca se parecerá a la nuestra. Nosotros volvemos a mirar la cuenta bancaria, el alquiler, el supermercado y el miedo de no saber si el mes que viene vamos a seguir teniendo trabajo. No les pido que solucionen el país. Pero sí me pregunto por qué siempre terminamos esperando que un gol nos devuelva la esperanza que la política nos quitó. Quizás ese sea el problema. Que hace demasiado tiempo confundimos felicidad con distracción. Y mientras cantamos un gol, otros firman decretos. Mientras agitamos una bandera, otros deciden qué parte del país deja de pertenecernos. Mientras discutimos quién fue el mejor nueve de la historia, dejamos de preguntarnos quién está escribiendo la historia de este país.
Ojalá me equivoque. Porque si dentro de veinte años alguien pregunta “¿dónde estabas cuando empezó a cambiar la Argentina?”, me daría mucha tristeza tener que responder: “Estaba mirando el partido.”

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