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Solas nunca más
Durante la marcha del 3J volví a pensar en una pregunta que atraviesa a la museología: ¿qué es lo que una sociedad decide recordar?
La pregunta apareció mientras caminaba entre miles de personas durante una nueva movilización de “Ni Una Menos” en Rosario. Como cada 3 de junio, las calles se llenaron de nombres, fotografías, carteles y consignas. Pero esta vez me quedó resonando una sensación difícil de explicar. La marcha era, sin dudas, por las que no están. Por las víctimas de femicidio y la violencia machista. Por las vidas interrumpidas. Por las ausencias que duelen.
Pero también era por las que estamos.
Por las amigas que se escriben para avisar que llegaron a casa. Por las madres, las hermanas, las hijas y las abuelas. Por quienes atravesaron situaciones de violencia y tuvieron miedo de que nadie les creyera. Por quienes pudieron hablar y por quienes todavía no encuentran las palabras. Por quienes encajan en la figura de la “buena víctima” que la sociedad está dispuesta a escuchar y por aquellas cuya historia es cuestionada, juzgada o puesta en duda.
Porque incluso cuando una mujer logra contar lo que le pasó, rara vez deja de ser observada, evaluada o sospechada. Y porque ni viva ni muerta la dejan en paz. Sobre los cuerpos de las mujeres todavía se disputa quién tiene derecho a hablar, quién merece ser escuchada y qué relatos son considerados legítimos.
Mientras observaba la movilización, pensé que quizás allí también había una forma de patrimonio.
No en el sentido tradicional de la palabra. No un patrimonio de monumentos, edificios o colecciones. Sino un patrimonio construido a partir de memorias compartidas, experiencias comunes y luchas colectivas.
Néstor García Canclini señalaba que el patrimonio no es una herencia neutral recibida del pasado. Es el resultado de elecciones, disputas y acuerdos sobre aquello que una sociedad considera valioso conservar. Durante mucho tiempo, esas elecciones dejaron fuera las experiencias de las mujeres. Los relatos oficiales privilegiaron otras historias, otros protagonistas y otras memorias.
Tal vez por eso las movilizaciones feministas producen algo más que protesta. Producen memoria.
Cada nombre pronunciado en una marcha desafía el olvido. Cada cartel recupera una historia que podría haber quedado reducida a una estadística. Cada convocatoria construye un espacio donde las experiencias individuales dejan de vivirse en soledad para convertirse en parte de una historia colectiva.
La teórica Laurajane Smith propone pensar el patrimonio no como un objeto sino como una práctica. El patrimonio no sería solamente aquello que se conserva en museos o archivos, sino también aquello que las comunidades hacen para otorgar sentido a su experiencia. Desde esta perspectiva, una marcha también puede ser un acto patrimonial. No porque acumule objetos valiosos, sino porque produce significados compartidos sobre quiénes somos y qué queremos transmitir.
Quizás por eso resulta tan difícil pensar Ni Una Menos únicamente como una movilización. Después de once años, también se ha convertido en una forma de memoria colectiva. Una memoria que se transmite entre generaciones, que se aprende en las calles, que se reconstruye en cada encuentro y que se transforma con cada nueva convocatoria.
La Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO reconoce que las prácticas sociales, los rituales y las formas de transmisión colectiva también constituyen patrimonio. No porque permanezcan intactas, sino porque las comunidades las recrean constantemente. En ese sentido, cada 3 de junio es una nueva actualización de una memoria compartida.
Diana Taylor distingue entre archivo y repertorio para explicar cómo sobreviven ciertas memorias. Algunas permanecen en documentos y registros; otras viven en los cuerpos, en las acciones y en los gestos que se repiten. Las marchas feministas parecen reunir ambas dimensiones. Existen en las fotografías, en los artículos periodísticos y en las redes sociales, pero también en algo mucho más difícil de conservar: la experiencia de caminar juntas, de reconocerse en otras, de sentir que una historia individual forma parte de algo más grande.
Y quizás allí resida una de las transformaciones más importantes de estos once años.
A veces se dice que poco cambió. Y es cierto que las violencias persisten. Que siguen existiendo femicidios. Que muchas de las demandas continúan vigentes.
Pero también cambió algo profundo.
Aprendimos a reconocernos.
Aprendimos que la otra no es una competidora sino una compañera. Que frente al intento permanente de aislarnos, la respuesta puede ser la construcción de redes. Que la escucha también es una forma de reparación. Que la memoria puede convertirse en acción colectiva.
Sharon Macdonald sostiene que las sociedades contemporáneas construyen patrimonio no sólo a partir de aquello que celebran, sino también de aquello que las incomoda y las interpela. Quizás Ni Una Menos forme parte de esos patrimonios difíciles. No porque remita a un pasado concluido, sino porque nos enfrenta a una herida que sigue abierta.
Sin embargo, cada año que la marcha vuelve a ocupar las calles ocurre algo que merece ser recordado. Miles de personas se reúnen para afirmar que ninguna ausencia es natural. Que ninguna violencia debe aceptarse como inevitable. Que ninguna vida es descartable.
Y que no nos vamos a acostumbrar.
Porque el patrimonio también puede ser eso: la decisión colectiva de no olvidar.

Más sobre la autora
Soy Paola Pepey, abogada y estudiante de Museología y Gestión Patrimonial. Me interesa explorar los vínculos entre memoria, patrimonio, feminismos y derechos humanos, especialmente aquellas historias y experiencias que han quedado al margen de los relatos tradicionales.



