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“Merienda con Emilia Bertolé”
23 de febrero de 2026 en Sala Reflejos
Autor: Camila Vienna Acosta – Original de el más acá
Sala Reflejos existe hace tan solo cinco meses y ya logró lo que parecía imposible: traer un poco de frescura a la escena artística de Rosario. Gestada y gestionada por Giulia Antonelli, en conjunto con su amigo y pintor Facundo Martin Alejandro, la sala trae novedad y por sobre todo, agite y activación. Esa chispa de juventud inquieta y pícara no se ahoga ni con el calor. Y en medio del agobiante Febrero, junto con otras artistas y poetas ideamos Merienda con Emilia Bertolé.
Emilia Bertolé (El Trébol, provincia de Santa Fe, 1896 -1949), para quien no la conoce, fue pintora, retratista y escritora. Radicada en Buenos Aires durante los años veinte, desarrolló una intensa actividad como retratista de la alta burgesía porteña, llegando a hacer encargos de personalidades destacadas. En sus retratos, Bertolé extraía de cada uno de sus modelos un “carácter”, “una respiración”, un aura peculiar que finalmente es su marca registrada en la historia del arte argentino. Como escritora, publicó su libro de poemas Espejo en sombras y participó activamente en los círculos intelectuales que se reunían en el Café Tortoni. Su escritura da cuenta de su alta sensibilidad visual, encontrando en los colores, las tonalidades y las texturas lo necesario para evocar sentimientos. Tras su muerte en 1949, sus poemas, retratos e ilustraciones cayeron en el olvido o alimentaron, en el mejor de los casos, el mito de la bella artista malograda. Y si bien muchxs ya habíamos visto sus oleos pasteles en el Castagnino, no fue hasta 2019, cuando la Editorial Municipal de Rosario reeditó Emilia Bertolé. Obra poética y pictórica que nos enteramos que además escribía y tuvimos acceso a su biografía.

A fines de Enero, Giulia encontró un autorretrato de Emilia (o Emilia la encontró a ella), y pensamos que merecía una instancia de presentación. Algo así como una invocación, o como una presentación en sociedad. No creemos que haya sido casualidad que de entre todos los rostros que Emilia pintó a lo largo de su vida, el que haya llegado a Sala Reflejos sea un autorretrato.
Enero 2026
Esa noche Giulia se siente mal, pero de todas formas se levanta de la cama y acompaña a su amigo a una fiesta de post punk; total, más tarde tiene que ir a trabajar: le haría bien hacer tiempo en algún lugar que la mantenga un poco más despabilada.
La fiesta es en Casa Eterno, un bar alojado en una casona antigua de Luis Agote. Cuando llega se sorprende al ver la habitación donde solíamos comprar vino, devenida en un pequeño anticuario. Guiada por su curiosidad estridente y juguetona, Giulia pega la cara al vidrio de la puerta; quiere ver qué es lo que hay ahí adentro. Hace un toldo improvisado con sus manos y alcanza a ver un poco por dentro la sombría habitación, donde la única claridad es un velador sobre un banquito, en un rincón. Una energía, apenas sensible, titila entre ese tumulto de antigüedades; sólo alguien con el suficiente estado de disponibilidad podría captarlo.
Tu voz me llega, como el rumor de la noche misma.1
Parada frente a la puerta, Giulia queda asombrada por la profunda irrealidad de la imagen: desde la pared profunda oscura y húmeda, una mujer la mira en un silencio punzante. ¿Es eso un cuadro de Emilia Bertolé? O, mejor aún, ¿es eso un autorretrato de Emilia Bertolé?
Estoy así, frente al sutil acecho de tus palabras i de tus pupilas, lleno el pecho de luna i de oscuro anhelo…2
—¡Ah! Qué nocturna y hermosa. Parece una vampira o una marciana —exclama Giulia para sí y entra en la fiesta—.
En la pista baila unas canciones y, después de un rato, se sienta en un cubo de cuerina negro desgastado. Apoyando la espalda sobre la pared, pasa su brazo izquierdo por delante de su rostro; coloca su pulgar por debajo de la hebillita fucsia, apoyándolo sobre su pelo, negro, profundo y sedoso, para dar un click, abrirla y volver a acomodarla en otro mechón, un poco más arriba, alineada con su ceja derecha.
…y me finjo ser una dulce cosa ideal 3
Descansa así, viendo la fiesta desde el borde de la pista. En un rato tiene que cubrir dos recitales de cumbia, pero su mente ya tiene un objetivo claro para esa noche. Necesita estar cerca de ese cuadro. Es por eso que, a las cuatro de la mañana, con los sonidos de acordeones y tecleados todavía cayendo sobre su cabeza, vuelve al bar. La fiesta ya se había desinflado hacía un rato y el pequeño anticuario seguía en penumbras, pero algo en esa casona la retiene. Estirar tanto las salidas a veces deviene en algunas monstruosidades evitables, pero esta vez, la noche le hizo una ofrenda. Justo cuando estaba por batirse en retirada, la dueña del bar prende la luz del pequeño anticuario y confirma su intuición: eso es un autorretrato de Emilia Bertolé. Y en Giulia el asombro no paraliza, enciende.
Y entre el rumor de las conversaciones y el ruido de las ruedas en los rieles, milagrosamente puro el sueño florece 4
Esa noche duerme poco, su domingo ya había sido planificado en el momento que esa mujer de tez verdosa, cabello dorado y manos elegantes la miró a los ojos.
Desde el momento en que la pintura entró en la casa la sentimos como una presencia. En cada reunión mientras hablábamos de arte, de amores y de aventuras, su mirada se posaba sobre nosotras. No era intimidante ni espeluznante, más bien una mirada indiscreta. Parecía ya ser parte de nuestras confidencias.
Aprovechando que cayó en manos de unas chicas curiosas —y tal vez un poco insolentes— quisimos darle una nueva posibilidad de existir en este siglo. Desplazar por un rato a esa Emilia etérea que la historia parecía haber fijado en un único gesto, y explorar una más pícara y oscura.
Durante años circularon relatos que la dibujaban como frágil y mística, casi como si su talento hubiese sido una consecuencia de su delicadeza. Nos gusta imaginar que esa versión fue, al menos en parte, una estrategia. Una autoficción necesaria para hacerse un lugar en una escena de la época dominada por hombres. Una imagen simplificada, fácil de digerir, incluso un poco fetichista. Por eso quisimos regalarle una nueva forma posible de existir. Una forma que no es rígida, sino que justamente se vale de esos bordes difusos para imaginar nuevas posibilidades. La hacemos viajar en el tiempo a través de un laberinto de espejos en el cual se deforma, se multiplica y ensaya distintas posibles versiones.
Quisimos hacerla existir junto a un grupo de mujeres que convierten sus pinturas en poemas, poemas en canciones y canciones en relatos. Que converse través del tiempo con nosotrxs. Entonces, más que una presentación es una nueva oportunidad para abrir su historia. Por eso la invitamos a merendar. Emilia se sentó en la mesa con todxs nosotrxs, un cuerpo presente que mira y es mirado, que escucha y es escuchado.
Además de masas finas y magdalenas, le ofrecimos poemas y canciones. Sol Quirincich compartió unos poemas que le hizo hace unos años en una etapa de producción, como si escribirlos le hubiese abierto un canal de comunicación directo entre ella y Emilia. También, repartió unos corazoncitos hechos de latas de cerveza con la frase que aparece en una carta que Emilia le envía a la hermana contándole que había encontrado en el arte la plenitud, “esa convicción interior invencible”. Guadalupe Zaballo, vino desde Córdoba, Nina Reches y Ana Ferrer desde Capital Federal, y yo desde Barrio La Sexta, para leerle poemas y textos, en forma de ofrenda. Y nuestra jóven poeta y cantante Candela Cheres Buigues prestó su dulce voz y su nueva loopera para transformar sus poemas favoritos de Emilia en canciones.








Emilia, durante largos años flotaste en una atmósfera espectral; entre sombras y humo te volviste casi incorpórea. Tus difuminados fueron insensiblemente traducidos en espectros, como si tus manos solo hubiesen esbozado el rastro de un suspiro. Tus trazos etéreos fueron tomados por delicados, tan débiles que podrían desdibujarse. Tus bordes, tan difusos que podrías esfumarte en la niebla. Pero, Emilia, vos no desapareces en la niebla: vos emergés de ella. Aparecés refulgente, con un halo radiante, como una presencia lúcida y reveladora. O como una vampira que surge desde la niebla de vapor en una noche húmeda sobre el río Paraná. O como una guardiana de convicciones interiores invencibles. En tus ojos refucila el lado oscuro de una sensibilidad frenética y salvaje. Y si fuiste inalcanzable, fue solo para aquellos que no supieron alcanzar tus pulidas visiones. Fue más fácil pensarte tierna e iluminar con docilidad tu sombra, como si en tu brillante oscuridad no radicase también esa belleza de la cual fuiste incansable buscadora.
Si te gustó lo que leíste me encantaría que lo compartas con alguien a quien pienses que puede interesarle, confío en la recomendación de boca en boca. Sigo pensando que el conocimiento es un ejercicio compartido, por lo que si te quedó alguna idea dando vueltas y te gustaría que la conversemos o simplemente hacérmela llegar, siempre podes encontrarme en viennaacosta.camila@gmail.com.
1 Fragmento del poema de Emilia Bertolé Nocturno (1941)
2 Fragmento del poema de Emilia Bertolé Nocturno (1941)
3 Fragmento del poema de Emilia Bertolé Éxtasis Lunar (1935)
4 Fragmento del poema de Emilia Bertolé En el tranvía (1935)
Sobre mí
Camila Vienna Acosta (1995). Es Licenciada en Bellas Artes con especialidad en Teoría Crítica por la Universidad Nacional de Rosario. Ha realizado curadurias de forma independiente y llevó adelante distintos proyectos de divulgación en plataformas digitales como Millennials Analizan (2020) y Atelier Compartido (2022). Incentivada por la voluntad de historizar el presente busca formas y medios para registrar las escenas artísticas de Rosario.



