No todo arte busca ser mirado: el misterio de Juan Sánchez

Crítica 14 oct de 2025 – POR MARISOL SALANOVA

Esta critica es de ARTEINFORMADO

La exposición «Pintura encubierta, pliegue y bisagra» de Juan Sánchez en Un Lugar propone una resistencia silenciosa. Curada por Joaquín Ruiz Espinosa, esta muestra de pinturas y esculturas discretas, nacidas de la experiencia del artista en entornos industriales, privilegia la mirada lenta y la materia pensante frente al exhibicionismo visual contemporáneo.

La discreción es un valor en alza cuando prima el exhibicionismo. En una época dominada por la velocidad de las imágenes y el deseo de mostrarse, Juan Sánchez elige la discreción. Su pintura se repliega sobre sí misma, avanza despacio, se deja descubrir solo a quien observa con paciencia. Pintura encubierta, pliegue y bisagra, la exposición que presenta en Un Lugar, en el barrio madrileño de Carabanchel bajo la curaduría de Joaquín Ruiz Espinosa, propone un diálogo secreto entre materia y pensamiento.

El universo del artista habita entre lo visible y lo oculto. Su lenguaje se sostiene en pliegues, pausas y gestos mínimos que contienen un peso silencioso. Su práctica se forjó en el entorno industrial de Park Royal, al oeste de Londres, donde trabajó manipulando obras de otros artistas. Entre cajas de madera y materiales de embalaje, el acto de proteger se transformó en impulso creador. Lo que antes servía para resguardar comenzó a revelarse como un territorio fértil para la imaginación.

Imagen cortesía de Un Lugar

Cubrir una caja con tela cruda y pintarla de negro se convirtió en una forma de pensar. En ese gesto, el creador encontró una posibilidad de sentido. La pintura se vuelve una superficie que se insinúa, un espacio donde la materia adquiere memoria. El almacén se transforma en taller, la rutina laboral en poética. Cada capa aplicada sobre la tela parece contener una reflexión sobre el hacer, una meditación sobre la persistencia del trabajo manual.

Las series Park Royal Patterns y Warehouse Actions prolongan esa intuición. La precisión de las líneas de grafito se encuentra con manchas de acuarela y ráfagas de acrílico que interrumpen el orden previsto. De esa fricción surge un equilibrio extraño, una armonía nacida del contraste. La pintura evita fijar una imagen definitiva y prefiere registrar el proceso que la engendra. El artista convierte el error en respiración y la repetición en pensamiento.

El conjunto de obras, compuesto por esculturas, vídeos, fotografías, piezas en papel y grandes telas, comparte una misma economía de recursos. Cada elemento parece responder a un principio de contención, a una voluntad de dejar espacio al silencio. Lo esencial se intuye más que se enuncia. En ese sentido, la afinidad con el espíritu del arte povera resulta evidente, aunque la suya carece de nostalgia. Los materiales humildes adquieren aquí una precisión casi ascética. La sobriedad se transforma en una forma de claridad interior.

La idea de la bisagra atraviesa toda la exposición. Une lo manual con lo reflexivo, lo técnico con lo poético. En su trabajo con metal, madera o tela, el artista conserva la destreza del oficio, pero la dota de una conciencia contemporánea. La bisagra permite que las piezas respiren, que mantengan un movimiento interno. Representa esa unión flexible entre el cuerpo que trabaja y el pensamiento que observa.

Imagen cortesía de Un Lugar

En las pinturas, la superficie se estructura mediante tramas que evocan tanto el cartón industrial como las marcas que deja el precinto al despegarse. Ese entramado irregular transmite una sensación de provisionalidad, como si las obras hubieran sido descubiertas en un proceso de embalaje detenido a medio hacer. Los tonos tierra, cercanos al color natural de las cajas de transporte, conviven con planos negros que parecen cicatrices, restos de un contacto anterior entre materia y presión. En ese diálogo entre lo que cubre y lo que se desgasta, la pintura se convierte en memoria del trabajo manual y en huella del desplazamiento. No hay ornamento ni artificio, todo ocurre dentro de una economía de recursos que revela más de lo que aparenta.

Cada obra propone una lectura distinta del mismo motivo. Las de mayor formato se imponen por la manera en que el espacio se organiza sin estridencias. Las medianas introducen rupturas leves, interrupciones que recuerdan la fragilidad del equilibrio. Las más pequeñas concentran la atención en zonas donde el color se retrae, como si la superficie respirara por sus propias heridas. En conjunto, conforman una secuencia que parece avanzar y retroceder, un movimiento visual que no busca narrar, sino pensar el acto de descubrir poco a poco.

Por su parte, las esculturas prolongan esa misma reflexión desde otro lenguaje. Están construidas con planchas metálicas articuladas por bisagras que permiten imaginar un desplazamiento interno. El acero, material que suele asociarse con la permanencia, adquiere una cualidad casi flexible. Cada bisagra introduce un intervalo, una mínima apertura que convierte lo estático en expectante. La frialdad del metal se equilibra con la calidez de la madera del soporte, que actúa como contrapeso orgánico. Esa combinación sugiere una relación entre lo técnico y lo sensible, entre la estructura y la idea.

Imagen cortesía de Un Lugar

En estas piezas, la noción de bisagra trasciende lo mecánico. Funciona como metáfora del pensamiento del artista, una forma de unir lo material con lo conceptual, lo manual con lo reflexivo. Las superficies bruñidas conservan huellas de manipulación, marcas que no buscan ser disimuladas. Esa sinceridad del material refuerza la coherencia del conjunto, en el que la materia deja de ser mero soporte para transformarse en argumento. La sensación que producen estas esculturas no es de cierre, sino de tránsito, como si cada una aguardara el momento de abrirse o de plegarse del todo.

Podría decirse que las pinturas y las esculturas vistas en sala dialogan con una afinidad casi secreta. Comparten una atención sostenida hacia lo que se oculta en el proceso, hacia lo que queda entre un movimiento y otro porque no desean ser percibidas a cualquier precio. La exposición entera se construye sobre esa frontera entre resguardo y revelación, entre lo que permanece quieto y lo que amenaza con abrirse. En esa tensión contenida se percibe la voz de un creador que entiende la materia como pensamiento y la discreción como forma de resistencia.

El curador Joaquín Ruiz Espinosa y el espacio Un Lugar, dirigido por Óscar Manrique, acompañan este proyecto con una sutileza que potencia su naturaleza introspectiva. La exposición invita a detenerse, a observar sin prisa, a escuchar el leve temblor que deja el tiempo sobre la superficie. En las paredes blancas, las obras respiran con una calma que se contagia. Pintura encubierta, pliegue y bisagra recupera la mirada lenta, esa que se ejercita cuando el arte renuncia al artificio y vuelve a la materia.

Al salir del espacio, persiste una sensación de recogimiento. Las piezas del artista revelan un modo de estar en el mundo basado en la atención en el presente y este proyecto puede visitarse solo hasta el 20 de octubre. El trabajo expuesto sugiere que la verdadera experiencia estética comienza cuando lo visible se aquieta y el espectador aprende a escuchar lo que el silencio contiene. Concluimos que todavía existen creadores que piensan desde el gesto y construyen belleza sin buscarla. Lo mejor de todo es que aquí sabemos dónde y cómo encontrarlos.

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